Dejar de ser
(Apuntes sobre El filósofo autodidacto)
Ileana Garma
Cubierto de tierra, a través de una comunidad de musgo, en esferas, en sangre que comienza a coagularse, en un latido que agrieta el barro y se adueña del calor, en una muralla hecha de caminos, en un esqueleto, en músculos, en el circuito de la vida, en una corriente de voz, una voz, un canto doloroso, dolor por la luz, por lo desconocido. He abierto los ojos. Algo hay sobre mí, algo me cubre. Estoy protegido, me he callado. Pasa el viento, pasa dentro de mí una calma nutricia, crezco y ella es rápida. Viene a mí, se va, yo crezco. Otros seres caminan debajo de las nubes, debajo de la lluvia. Yo encuentro agua limpia. Ella es mi madre, yo crezco, ella se cansa. He tenido que cuidar mi vida, he matado. Vi cabezas rodar hasta la playa cuando el sol también rodaba y algo en el pecho quería salir. El mundo está formado por agua salada, por puntos azules, por animales que se enredan en árboles sin hojas y son como un grito verde. Vi que todos éramos distintos, que las diferencias eran incontables. Un día una flor se abre y hay pescados muertos en la arena. El viento no deja de correr. Vi minerales y la noche se alimentaba de pájaros asustadizos. Mi madre murió. Era una gacela. Mi madre murió y le abrí el pecho. He descubierto algo: el mundo es sólo una semilla. La unidad de las unidades: el alma. Giré como lo celeste. No tengo cuerpo, todos somos nada. Quiero ir en busca del ser supremo, quiero desconocerme, quiero no recordar, debo vaciarme. Debo dejar de ser, para ser.
Hay en estas primeras líneas, un intento de resumir (superficialmente) el crecimiento de Hayy Ibn Yaqzan, personaje de El Filósofo autodidacto. El autor, Ibn Tufayl, escribió un libro de celeridad estática. Un trabajo realizado con la motivación del éxtasis, pero no para saber lo que el éxtasis significa, sino para mirar un camino hacia él. Ibn Tufayl nos muestra en su historia, los pasos de un hombre que descubre todo desde sí. Nos enseña la vida de un ser que no deja de preguntar, que se halla sucio de preguntas y gracias a ellas, puede purificarse de manera total, hasta el desvanecimiento.
Los puntos que planteo, me sirvieron para tener claridad con respecto a la idea del alma que maneja el autor, así como la forma en la que ve al cuerpo y lo corrupto.
Este trabajo no pretende ser una vara con la cuál medir la historia de Hayy, es tan sólo, de cierta manera, una sustracción de los parajes inquietantes que he mirado en el libro.
Para poder llevar a cabo este recorrido, hay consideraciones relevantes que permiten entender el marco en que se generó esta obra y por lo tanto, su valor; En ellos me detengo.
Ibn Tufayl (Guadix XII) es más que nada (ejercía medicina) un Sufí practicante. Y “[...] lo que denominamos sufismo hunde sus raíces en la religiosidad oriental anterior al Islam y al cristianismo. El sufismo, apoyándose en la meditación coránica, y, sin duda, también en las corrientes místicas de las religiones con las que el Islam entró en contacto, surgió prontamente y con las características de todo misticismo de independencia frente al poder. Por ello no fue plenamente aceptado en la comunidad islámica, sobre todo en los poderes dominantes como califas, ulemas y alfaquíes”.[1]
Ante una corriente que sostiene que sólo por medio de la meditación coránica se llega a la realización, al conocimiento en acto de la verdad, de Dios, surge una postura en contra que pretende reivindicar el proceso reflexivo-discursivo del pensamiento y por otro lado, señalar que es la razón la que lleva al placer intelectual y por lo tanto la que genera una máxima realización.
El filósofo autodidacto es la única obra de este autor, y podemos ver en ella como se unen estas dos posturas, es decir, tanto la filosofía, como la mística Sufí, pero es la filosofía sólo un medio. La postura está dada con el abandono de toda nueva pregunta por parte del personaje y su consecuente dedicación a la meditación, dónde el fin es el éxtasis.
Estamos hablando de un escritor que conoce a Platón y a Aristóteles, que convive con Averroes y le pide que se encargue de una traducción y análisis de la obra de Aristóteles, de un hombre político, pero también de un hombre que después de todo, decide dedicarse a la meditación. Y dice “[...] hemos alcanzado la Verdad, primero, por el método de la investigación y la especulación racional, y obteniendo después por la visión intuitiva esta exigua dosis de experiencia mística que ahora gustamos”. No debemos olvidarnos de lo ya planteado para poder avanzar con facilidad por este documento. Entremos entones a conocer El filósofo autodidacto.
EL ALMA
En su sentido latino, el alma es igual a soplo o vida. Platón señala en Fedón, que el alma del filósofo desprecia al cuerpo. Su argumento es “[...] que si queremos saber alguna cosa, debemos abandonar el cuerpo, y que el alma sola examine los objetos que quiere conocer”. Platón expone que por medio de un cuerpo sólo se puede conocer otro cuerpo y en consecuencia, es preciso alejarse de él, para conocer la verdad. Similar a esta idea es la posición que toma Ibn Tufayl. A través del proceso que emprende Hayy (el filósofo autodidacto) para explicarse la realidad que lo tenía sujeto, deduce primero que el fuego es una sustancia celestial, ya que le protegía, le calentaba, lo alimentaba y el crecimiento de sus llamas era hacia arriba. Se cuestiona después sobre el paradero de los animales que pierden la vida y se convence a partir de esa duda de la “existencia de un alma animal, que gobierna al cuerpo”. Compara entonces esta alma animal con el fuego y cree que son de la misma naturaleza, y que cuando esta alma deja al cuerpo, se pierde el soplo, la vida.
Para Hayy el alma actúa sobre los órganos y produce las percepciones, es decir, el alma es la proveedora de los cinco sentidos, por lo tanto, la madre del asombro y de la sensibilidad.
El autodidacto no puede detener sus preguntas y encuentra también la existencia del alma vegetativa. Quiere después entender el problema del movimiento continuo o la generación y corrupción.
GENERACIÓN Y CORRUPCIÓN
Ibn Yaqzam percibe el atributo de corporeidad del ama, pero se da cuenta de que esta característica tiende a corromperse, entonces la desprecia. En 1 Corintios 15:50 encontramos “[...] que el cuerpo mortal no puede heredar el reino de Dios, ni lo corruptible puede heredar lo incorruptible”. Esto es lo que percibe el filósofo cuando se da cuenta de que la corrupción es una cualidad de los cuerpos, más no del alma y que esta, no necesita de la corporeidad, por tanto no es corruptible.
Para el personaje, es en potencia y en acto como conoce el alma, esto significa, verbigracia cuando un ciego conoce una ciudad por las definiciones que le han enseñado pero después logra ver. Observará lo que ya conocía pero con un placer supremo. El primer estado del ciego es el conocimiento en potencia y el segundo es en acto.[2]
Para Hayy el alma sólo cobra sentido cuando se conoce al Ser necesario o el éxtasis. Nos dice que si el alma persiste en este conocimiento en acto, cuando se separa del cuerpo a causa de la muerte, ella permanecerá en un placer infinito, pero que si habiendo vivido el conocimiento en acto, después el alma se encuentra en potencia, cuando sobrevenga la muerte, el alma anhelará regresar a esa visión intuitiva, y estará “eternamente en sus dolores”. [3] Subyace a esto la intención de marcar que el alma no debe estar ligada a las cosas corruptas, porque entonces no podrá liberarse jamás de ellas.
Es entonces el mundo de lo corrupto todo lo perecedero. Lo que nosotros vemos en los cuerpos es tan sólo la emanación del alma. Luego, debemos poder lograr esta separación del cuerpo y del alma para alcanzar el conocimiento de la verdad. Sin embargo pareciera que Platón es mucho más radical al respecto, porque para Ibn Tufayl se puede hallar esta realización, por medio de la meditación mística a la que se dedica más tarde Hayy, mientras que en Fedón encontramos que no hay más camino que continuar en indagaciones, ya que “[...] mientras tengamos nuestro cuerpo, y nuestra alma este sumida en esta corrupción, jamás poseeremos el conocimiento de nuestros deseos, es decir, la verdad. [...] la sabiduría, de la que nos mostramos tan celosos [...] está [...] después de la muerte, y no durante la vida”.
UNIDAD
En Efesios 4:4 está escrito: “Hay un sólo cuerpo y un sólo Espíritu, así como también fueron llamados a una sola esperanza [...] un sólo Dios y Padre de todos, que está sobre todos y en todos”. Es, de cierta manera, la misma forma en que Ibn Yaqzan entiende al alma. Él ve, que los cuerpos contienen diferencias hasta el infinito, pero que estas diferencias son per accidents, ya que sólo existe un alma. Y “ juzgaba que el alma, que cada especie tiene; es sólo una y que no se diversifica sino en cuanto se divide entre muchos corazones [...]”[4] El alma se encuentra repartida en los cuerpos, pero cuando uno puede olvidarse de las características del mundo sensible, se percibe al alma única y se experimenta la unión con lo verdadero, o más aún, se es lo verdadero.
Viene a ser entonces el éxtasis, un total desapego del yo y del mundo. Una imposibilidad de reconocimiento a lo que creemos que nos hace ser, es decir, las diferencias y las interacciones con el entorno. El filósofo Hayy tiene que olvidarse de esto. Olvida la filosofía para entrar a una supuesta elevación, que es también del todo nihilista. El autodidacto pretende olvidar todo comercio con lo perecedero, y no sólo con otros cuerpos, sino con su cuerpo mismo, pretende alejarse de sí. No puede reconocerse como algo válido y existente, porque se sabe corruptible. El autodidacto pretende olvidarse, “[...] reposar (inmóvil) [...] con la cabeza baja, los ojos cerrados, abstraído de las cosas sensibles y de las facultades corpóreas[...]”[5]
CORAZÓN Y SANGRE
Cuando muere la madre (la gacela) del filósofo, intenta él explicarse tal situación, por lo que inicia una puntual exploración en el cuerpo de la muerta hasta deducir que el Corazón es la casa del alma. Esta casa, sin habitante (El alma) viene a ser como una bomba que aniquila a toda una ciudad ( El cuerpo) El cuerpo no puede permanecer ni un instante sin alma.
Tocante a la sangre; ella ocupa un lugar secundario, porque “[...] he derramado gran cantidad, sin sentir daño alguno, ni perder nada de mis facultades”.[6] Debemos ver, que a pesar de que el corazón es el lugar donde habita lo puro, forma parte del mundo de la generación y corrupción, por lo tanto dicho órgano, carece de valor sin el alma.
Es necesario recordar el aspecto de Unidad que señala Ibn Tufayl, porque el Corazón tiene un sitio importante en innumerables culturas, pero aquí, sólo es capaz de lograr sentido, si primero, sirve como casa del alma y después, permite al alma separarse de él, para encontrar la Verdad y elevarse, logrando de este modo el conocimiento en acto. Sólo durante este momento le es lícito al cuerpo morirse y el alma, como dije antes, vivirá en eterno placer.
FIRMAMENTO.
LOS CUERPOS CELESTES Y SU RELACIÓN CON EL ALMA
Hayy inicia un estudio detallado de los cuerpos celestes, aquello que en la Biblia se manifiesta como lo primero creado. El firmamento sobre Ibn Yaqzan, un individuo solo en medio de una isla, un ser lejano a la “protección” humana, no puede ser sino, la vastedad que devora la realidad animal, la boca eterna de un gigante sobre un niño asustado.
Hayy realiza la búsqueda de las características del firmamento, es decir, de los cuerpos celestes y, logra hacer una comparación entre ellos y su alma.
Vemos que el alma “[...] reside en el corazón, es precisamente muy proporcionada, ya que es más sutil que la tierra y el agua y más densa que el fuego y el aire, viene a estar en el término medio y ningún elemento le es contrario de modo manifiesto”.[7] Luego el alma es el equilibrio, pero está sujeta a un cuerpo. A diferencia los cuerpos celestes “[...] conocen al Ser necesario y lo ven siempre en acto, puesto que en los cuerpos celestes no se encuentra ninguno de los obstáculos, derivados de la intervención de las cosas sensibles, que en él interrumpían la continuidad de la visión intuitiva”.[8]
El filósofo conoce el movimiento de los cuerpos celestes, está imantado por la limpieza que emanan y su hermosura, así que trata de parecerse a ellos imitando el movimiento y la limpieza. Sabe sin embargo que los cuerpos celestes pueden unirse al Ser necesario, porque carecen de obstáculos sensibles, entonces prueba “[...] cerrando los ojos, tapándose los oídos, luchando enérgicamente contra las seducciones de la imaginación y deseando con todas sus fuerzas no pensar en otra cosa que en Él, ni asociarle con el pensamiento ningún otro objeto [...]”[9] Encuentra entonces que el alma animal se parece a los cuerpos celestes porque puede conocer al Ser necesario, en acto y llegar a ser Él.
“[...] le era posible conocer la esencia divina, este conocimiento por el cual llegase a ella, no sería una noción sobreañadida a la esencia de Dios, sino que sería Él mismo”.
MEDITACIÓN
¿Qué es el silencio? ¿Cómo es la soledad que nos revuelve las pesadillas? ¿Cuáles son las dudas que surgen en medio de la tranquilidad? ¿Por qué no hemos podido enamorarnos de la nada?
Es claro que todo ser humano desea la tranquilidad, la necesita, pero ¿acaso sabe el ser humano de nuestro tiempo cómo es ella? Pareciera que si alguna vez un hombre la conoció, ahora se ha borrado toda idea de lo que es, y no hacemos más que confundirla, buscándola entre la gente y las cosas.
El autodidacto “[...] pasó varios días sin comer y sin moverse”[10]” [...] para [...] buscar la inconciencia de su yo [...] de su recuerdo y de su pensamiento se borraron los cielos, la tierra y lo que en ellos existe, todas las formas espirituales, las facultades corporales, las facultades separadas de la materia[...] y hasta su misma esencia desapareció con todas estas cosas. [...] vio intuitivamente lo que ningún ojo ha visto, lo que ninguna oreja a oído, lo que jamás se ha presentado en el corazón de un mortal”. [11]
Todo se vuelve intrascendente; la madre, las plantas, los animales, el fuego, el corazón, cada cuerpo, cada especie, cada reino y el firmamento mismo, porque la perfección es dejar de ser. Supo que “[...] él no tenía esencia que le distinguiese de la Verdad; que la realidad de su esencia era la esencia de la Verdad; que la cosa que él primeramente creyó ser su esencia, distinta de la de la Verdad, no era nada realmente, pues nada existía fuera de la esencia de la Verdad”.[12]
Se entiende entonces que para el autor, la única manera de querer la vida, es no quererla. La filosofía es cardinal, si puede mirarse como un camino, un instrumento por medio del cual llegaremos a concebir a las cosas corruptas como inexistentes. Todo humanismo queda descartado para que uno pueda liberarse de la “vida” y llegar a la Verdad.
Hay todavía muchos puntos en los cuales podría detenerme. Justo porque este libro es un mapa para llegar a una ciudad desconocida. Se pueden generar cantidad de comentarios alrededor de él. Pero un propósito que si tiene claro este trabajo, es no llegar a conclusiones terminales y mirar cada aspecto como una posibilidad de cuestionamiento, porque la duda también es una luz.
Ibn Tufayl. El filósofo autodidacto. Trota.
La Biblia Latinoamericana. Editorial Verbo Divino. 1989.
Santa Biblia. Nueva versión internacional. Editorial Vida. 1999.
Platón. Fedón o el alma. Grupo Editorial Tomo, S.A de C.V. 2003.
[2] Esta alegoría la utiliza Ibn Tufayl, tanto en el prólogo de su libro como dentro de él.
[3] Ver Diversa situación del alma si, durante la vida del cuerpo, no conoció al ser necesario, si lo conoció y se apartó de él, o si lo conoció y no se apartó de él. El filósofo Autodidacto.
[4] Ver Encuentra la unidad de cada especie, a pesar de la multiplicidad de sus individuos, y comprende la unidad del reino animal. El filósofo autodidacto.
[5] Ver Trata de eliminar de su propia esencia los atributos de la corporeidad, por medio del reposo y de la inmovilidad y del pensamiento en el Ser necesario, solo, sin asociarle nada. El filósofo autodidacto.
[6] Ver Después de un minucioso análisis del corazón, Hayy se convence de que el ser que había en sus compartimentos se ha marchado. El filósofo Autodidacto.
[7] Ver Los seres son más perfectos a medida que tienen más formas. El filósofo autodidacto.
[8] Ver Sospecha que los cuerpos celestes, en cambio, lo conocen. El filósofo autodidacto.
[9] Ver Intenta asemejarse al ser necesario, abstrayéndose totalmente de la vida material y recurriendo al movimiento de rotación hasta desvanecerse. El filósofo autodidacto.
[10] Ver Trata de eliminar de su propia esencia los atributos de la corporeidad, por medio del reposo y de la inmovilidad y del pensamiento en el ser necesario, solo, sin asociarle nada. El filósofo autodidacto.
[11] Ver Hayy alcanza la visión intuitiva del ser necesario. El filósofo autodidacto.
[12] Ver Hayy en su visión, pierde la noción de su esencia y de las demás esencias separadas, y llega a pensar que él es la misma esencia divina. El filósofo autodidacto.
alterrealista dijo
¿Se ha visto un alma por las calles?
Es una pregunta que se plantea en el extremo opuesto de la reflexión, y como radical pierde sentido.
La propuesta de busqueda constante, incluso a pesar de nuestros sentidos, es importante, pero no se puede pensar que sólo la mente (¿qué es la mente preguntaría un materialista radical) genera conocimiento, ni tampoco el conocimiento es abnegación como se dió en la escolástica, porque entonces se vuelve una celda.
Siempre debe existir un punto intermedio, y ese lo descubriremos seguro también en la historia.
17 Junio 2008 | 07:04 AM